Cuentos latinoamericanos cortos para niños

Latinoamérica históricamente a sido un reservorio sin fin de creatividad literaria, con combinaciones tan maravillosas que a cualquier público lo deja asombrado. El mundo de los niños, naturalmente, no es la excepción, por eso te presentamos los mejores cuentos latinoamericanos cortos para niños. 

Los mejores Cuentos latinoamericanos cortos

1- La bruja Escaldrufa

-Mamá, ¿es cierto que las brujas son malas?

-No, Jorge. En verdad no todas son malas; algunas son buenas. Pero no debes tenerles miedo y además ya es tarde: como buen chico debes dormir.

Jorge, como se lo ordenó la madre, fue a la cama. Y cuando estaba por dormirse, de manera súbita, escuchó un ruido de la ventaja que le provocó un brinco. En la ventana, detrás del vidrio, estaba la bruja. Ésta, bailando muy alegremente, entró a la cama de Jorge y le anunció:

-Hola, soy la bruja Escaldrufa y vengo a darte mucha diversión. Jorge, asustado todavía, aunque no tanto, le preguntó:

-¿No eres mala?

La bruja, sorprendida, le contesto:- ¡No, claro que no! Yo soy una bruja buena y ayudo a los niños a divertirse ¿Quieres venir conmigo y descubrirlo?- Jorge, con poco miedo y ya muy animado le contestó que sí y se fueron.

Entonces Jorge y la bruja Escaldrufa salieron por la ventana, montados sobre la escoba mágica. Fueron a muchísimos lugares: a ferias, parques, ver películas al cine, patinar en la pista de hielo y otros sitio más. Cuando amaneció, ambos entraron por la ventana y la bruja avisó:- Esta noche volveré.- Luego salió efectivamente volando.

El niño, muy feliz, le contó a su madre lo que había pasado en la noche, pero ella no le creyó. En todo el día Jorge miraba el reloj, esperando que se hiciera de noche y finalmente las estrellas se hicieran presentes en el cielo. El pequeño se durmió en su cama y en un instante la bruja volvió a aparecer.

Llevó a Jorge a muchos sitios y la pasaron realmente sensacional. Esto, como idéntico plan, sucedió durante días, semanas, hasta que la bruja un día entró en la oscuridad de la noche y dijo:

– Jorge, ahora no podemos irnos a ningún lado, ya que debo alejarme por un tiempo. No podré venir a verte como todas las noches.

Jorge se puso realmente muy triste, quería mucho a la bruja y pensaba que nunca más se iba a divertir. La mujer, al verlo así, sin embargo le dio un regalo especial.

– Pero te daré un pequeño regalo; toma.- La bruja extendió su mano y le entregó un collar con un dije que tenía un espejo en el centro.-Cuando te sientas triste, llámame y verás en este espejo lo que hago con otros niños que me necesitan. Pero recuerda esto: como es muy especial, solo tú lo podrás ver.-

Jorge se puso el collar en el cuello y la bruja en un abrir y cerrar de ojos se perdió en lo turbio de la noche. El pequeño, al extrañarla mucho, en la siguiente noche sacó el collar y vio el espejo: ahí estaba la bruja, montada en su escoba, jugando y divirtiéndose con otros niños. Jorge, con una sonrisa, se acostó a dormir. Al otro día fue a la escuela y jugó con muchos niños: de esa manera obtuvo muchos amigos. Así, cada vez que se divertía en la feria o en el cine, pensaba en su amiga la bruja Escaldrufa.

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2- La paloma torcáz

Había una vez un guerrero valeroso y apuesto. Amaba la caza y así, con frecuencia, iba por los bosques persiguiendo animales. En una de sus cacerías llegó junto a un lago y, lleno de asombro, contempló a una mujer bellísima que navegaba en una canoa. El guerrero quedó tan prendido de ella que volvió al sitio varias veces para vislumbrarla; pero fue una empresa inútil: ante sus ojos solo brillaban las aguas del lago.

Entonces pidió un consejo a una hechicera, la cual le dijo:

-No la verás nunca más, a menos que aceptes convertirte en palomo.

-Solo quiero verla otra vez-, exclamó el guerrero con furia.

– Si te conviertes en palomo nunca recuperarás la forma humana-,advirtió la hechicera.

-¡Solo quiero verla!-, respondió nuevamente el guerrero, más decidido y enojado.

-Si así lo deseas, que se haga tu voluntad.-

La hechicera le clavó en el cuello una espina e inmediatamente el joven se convirtió en palomo. Este levanto vuelo y fue al lago: ahí se posó en una rama. Al poco tiempo vio a la mujer y, sin poderse contener, se echó a sus pies y le hizo miles de arrumacos. La mujer lo tomó en sus manos y al acariciarlo, le extirpó la espina que tenía clavada en el cuello ¡Nunca debió hacerlo, pues el palomo inclinó la cabeza y terminó muriendo! Al ver semejante escena, la mujer, desesperada, se hundió en el cuello ella misma la espina y se convirtió en paloma. Desde aquel día llora la muerte de su palomo.

3- El conejo y el tigre

Un día un conejo pequeño estaba solazándose sobre la pradera, tan tranquilo que no se dio cuenta de la llegada de un tigre, que saltó sobre él.

El consejo, asustado, solo pudo gritar.

-No me comas, tigre.-

El tigre se extrañó y le anunció:

-Conejo, he estado observándote durante días, esperando tranquilo el mejor momento y definitivamente te voy a comer.

El conejo, muy lejos de rendiste y sabiendo que estaba frente a un gran problema, intentó lo siguiente:

-Tigre, ¿Acaso no me has visto? Estoy muy delgado. Si me comes, apenas te serviré de aperitivo. En cambio, soy dueño de un rebaño de vacas muy apetitosas y grandes. Su carne es deliciosa. Si me perdonas la vida, te daré una y así tendrás alimento por una buena cantidad de días.-

El tigre se puso pensativo, porque realmente si sera verdad, una vaca podía resolver por muchos días sus dilemas de encontrar el correcto alimento.

-¿Es cierto lo que me dices consejo? ¿No me estás engañando?

– No, no señor tigre. No me atrevería de engañarte. Mis vacas están en lo alto de esa ladera-, dijo el conejo señalando a lo alto de una colina cercana.-Si quieres vamos hasta allí y te las enseño.-

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El tigre y el conejo se dirigieron hasta la colina. Cuando estaban cerca de la cima, el tigre vio unos bultos parduzcos a lo lejos. El conejo paró y le dijo:

– Ahí están, ahí están. Yo subiré para que bajen. Espera aquí tigre y la vaca correrá ladera abajo. En cuanto la tengas cerca, atrápala.

Al tigre le gustó la idea de no subir hasta bien arriba la colina, debido a que ya estaba algo cansado.

-De cuerdo, conejo: esperaré aquí a la baja. Ten cuidado con engañarme, porque te estaré mirando.

El conejo subió arriba en la colina, pero los bultos que el tigre creía que eran vacas en verdad eran negras piedras. El conejo, con ayuda de una rama y a modo de palanca consiguió hacer rodar una enorme piedra y avisó:

-Ahí va ¡Atrápala, tigre!

El tigre, con una vista nublada por el sol en la colina, se aproximó y cuando se dio cuenta que lo que se acercaba era una piedra todo era muy tarde. ¡La tenía encima! El animal feroz no murió, pero quedó tan magullado que, asustado, salió corriendo  para no volver nunca más.

4- El niño y los clavos

Había un niño que tenía muy mal genio. Un día, su padre le dio una bolsa con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma clavase un clavo en la cerca del patio de la casa. El primer día, el niño lo hizo 37 veces. Al día siguiente menos y así sucesivamente. El pequeño se había dado cuenta que era más inteligente transforman su mal carácter que clavar clavos toda la jornada. Finalmente, llegó el día en que el niño no tuvo que clavar ni una sola vez y fue alegre a contárselo al padre ¡Había conseguido, finalmente, controlar su temperamento! El padre, muy contento, le sugirió que por cada día que controlase su mal humor, sacara un clavo de la cerca. Los días pasaron, y cuando el niño quitó todos los clavos, fue a contárselo a su padre.

Entonces el padre llevó de la mano hasta la cerca al niño y le dijo:

-Has trabajado duro para clavar y quitar los clavos de esta cerca, pero fíjate en todos los agujeros que quedaron. Jamás será la misma. Lo que quiero decir es que cuando haces las cosas con enfado o enojo, dejas cicatrices, como estos agujeros en la cerca. Ya no importa que pidas perdón; la herida está ahí y una herida física es lo mismo que una verbal.  Los amigos, así como los padres y todas las familias, son verdaderas joyas a las que hay que valorar. Te sonríen y siempre te apoyan.

Las palabras del padre, así como las consecuencias del acto, hicieron al niño valorar sus acciones y dejar de lado su mal genio por siempre.

5- El conejo de la Luna

Quetzalcóatl, el Dios grande y bueno, se fue a viajar por el mundo transformado en un hombre. Como había caminado todo un día, con la llegada de la tarde se sintió fatigado y con mucha hambre. Aún así siguió caminando y caminando, hasta que la Luna se asomó en el cielo y las estrellas tomaron el protagonismo del firmamento.

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Se sentó, por lo tanto, a la orilla del camino y estaba allí descansando, cuando vio un pequeño conejo que había salido a cenar.

-¿Qué estás comiendo?, le preguntó.

-Estoy comiendo zacate, ¿quieres un poco?

-Gracias, pero yo no como zacate.

-¿Qué vas a hacer entonces?

-Morirme tal vez de hambre y de sed.

-El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo:

– Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre cómeme: estoy aquí.

Entonces el Dios acarició al conejito y le dijo:

-Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti.

Y lo levantó alto, muy alto, hasta la Luna, donde quedó estampada la figura del Conejo. Después el Dios lo bajó a tierra y le dijo:

-Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.

6- La sepultura del lobo

Hubo alguna vez un lobo muy rico, pero muy avaro. Nunca dio ni un poco de lo mucho que le sobraba. Sin embargo, cuando se hizo viejo empezó a pensar en su propia vida, sentado en la puerta de su casa.  Un burrito que pasaba por allí le preguntó.

-¿Podrás prestarme cuatro medidas de trigo, vecino?

-Te daré ocho, si prometes velar por mi sepulcro en las tres noches siguientes de mi entierro.

-Está bien, contestó el burro.

A los pocos días el lobo murió y el burrito fue a velar su sepultura. Durante la tercera noche se le unió el pato que no tenía casa. Y juntos estaban cuando, en medio de una espantosa ráfaga de viento, llegó el águila y les anuncio:

-Si me dejan apoderarme del lobo, les daré una bolsa de oro.

-Será suficiente si llenas una de mis botas-, anunció el pato que era muy astuto.

El águila se marchó para regresar en seguida con un gran saco de oro, que empezó a volcar sobre la bota que el sagaz pato había dejado sobre una fosa. Como no tenía suela y la fosa estaba vacía no acababa de llenarse. El águila entonces decidió ir en busca de todo el oro del mundo y cuando intentaba cruzar un precipicio, sosteniendo cien bolsas, cayó sin remedio.

-Amiguito burrito, ya somos ricos. La maldad del águila nos ha beneficiado y todos los pobres del lugar nunca más pasarán necesidades-, dijo el pato.

Así lo hicieron: repartieron el orto y todos los animales de la zona pudieron vivir contentos.

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